DALLAS – Un susto y nada más. Una oportunidad desperdiciada: el penal que Leonel Messi falló a los 9 minutos de juego. Pero eso no cambió el desenlace. Con un contundente 2-0 frente a Austria, la Argentina se clasificó a los 16avos de final.
Ya lo cantaba Francesco De Gregori en La leva calcistica della classe ’68 (dedicada a una de las grandes figuras del fútbol italiano, Bruno Conti): “Nino, tener miedo de errar un penal no es lo que define a un jugador”.
Durante el resto del partido, Messi pareció llevar a la práctica los versos siguientes de la canción: “Un jugador se reconoce por el coraje, el altruismo y la fantasía”. Y ofreció una síntesis perfecta del deporte: el error, la perseverancia y la revancha.
Frente a los austríacos se recuperó con un golazo a los 38 minutos que abrió el marcador y luego marcó el 2-0 definitivo pocos minutos antes del pitazo final, en una actuación que ya quedó en la historia para el delantero zurdo que dentro de dos días cumplirá 39 años.
El penal había sido sancionado por una infracción sobre Lautaro Martínez dentro del área, confirmada por el árbitro egipcio Amin Mohamed tras una larga revisión del VAR. Messi se encontró cara a cara con el arquero rival, Alexander Schlager, que adivinó su intención: un remate cruzado de zurda y al ras del piso que se fue apenas desviado.
Pasa. Como pasó en Qatar 2022, cuando el polaco Wojciech Szczęsny le atajó un penal en la fase de grupos. Y antes, en Rusia 2018, había sido el islandés Hannes Halldórsson quien le negó el gol desde los doce pasos. En la Copa América 2024, frente a Ecuador, un intento de definición por arriba terminó estrellándose en el travesaño.
La revancha llegó a los 38 minutos, cuando un pase de Facundo Medina le permitió poner en ventaja a la Argentina. Con esa conquista, alcanzó los 17 tantos y se convirtió en el máximo goleador de la historia de los Mundiales.

El festejo de la Argentina. (Foto: Ansa)
Cuando parecía que el encuentro terminaría con un más que digno 1-0, Messi volvió a aparecer en tiempo de descuento para marcar el 2-0 definitivo, después de recorrer buena parte de la cancha a pura velocidad y dejar atrás a defensores mucho más jóvenes que él.
Los números hablan por sí solos: los cinco goles que convirtió la Argentina en este Mundial llevan su sello. Todos. El capitán sostiene prácticamente en soledad el poder ofensivo de un equipo respaldado por compañeros que durante todo el partido trabajaron para liberarlo de las exigencias del juego, permitiéndole elegir mejor cuándo intervenir. Y reafirmarse, una vez más, como la gran figura de esta Copa del Mundo.