BUENOS AIRES – Es una de las actrices más convocadas del teatro independiente argentino, aunque su carrera también se extiende al cine y la televisión. En Buenos Aires no hay director que no quiera trabajar con ella. Miriam Odorico pasa de un escenario a otro con una versatilidad que la convirtió en una de las intérpretes más reconocidas de la actualidad.
Uno de sus trabajos más celebrados es Una, adaptación teatral de Uno, ninguno y cien mil, de Luigi Pirandello, escrita y dirigida por Giampaolo Samà. La última función será el 18 de julio, a las 17.30, en el Teatro Alemagna de Buenos Aires (Guardia Vieja 3783).
Se trata de un unipersonal multipremiado que impacta tanto por la precisión del texto como por la intensidad de la interpretación de Odorico.
Sin embargo, el protagonista de la novela de Pirandello es un hombre: Vitangelo Moscarda. En la versión teatral, el personaje se transforma en Vitangela. ¿Qué implicó asumir un texto concebido originalmente para una figura masculina?
“En realidad, ninguna dificultad –responde con seguridad–. Me encontré con un texto tan bueno y tan bien construido que todo fluyó naturalmente. En esta versión, la mirada está puesta en las mujeres y en la violencia que padecen”.
Pirandello escribió su obra a comienzos del siglo XX, atravesado por la crisis de su época. Su reflexión gira en torno a la identidad, la percepción de la realidad y las convenciones sociales que moldean la vida de las personas.
Con una protagonista mujer, esa lectura adquiere una dimensión diferente. “La mujer siempre tiene que sostener la mirada de los demás sobre su cuerpo y sobre su comportamiento, responder a un rol. El mandato del ‘deber ser’ pesa mucho más sobre las mujeres”, sostiene.
En la historia, Vitangela se observa frente al espejo y descubre, por primera vez, que tiene la nariz apenas torcida. Le pide su opinión al marido, quien le responde que sí, pero hacia el lado contrario. Ese instante abre una grieta en todo aquello que creía saber sobre sí misma.
De pronto deja de reconocerse. Ya no entiende cómo la perciben los otros, quién es cuando nadie la mira ni cuántas identidades distintas conviven dentro suyo.
En esa búsqueda desesperada de autenticidad termina desenmascarando roles, apariencias y convenciones. Y la sociedad, inevitablemente, la castiga.

El afiche de Una, adaptación teatral de Uno, ninguno y cien mil de Luigi Pirandello.
Nacida en Avellaneda, en el sur del conurbano bonaerense, en 1961, Miriam Odorico tiene raíces italianas por la rama paterna.
“Mi abuelo nació cerca de Gorizia, en Villesse, la abuela en Monrupino, en provincia de Trieste –recuerda–. La familia de mi mamá, en cambio, es polaca”.
A los 15 años renunció a la tradicional fiesta de cumpleaños y pidió, a cambio, un viaje a Italia.
“Me había preparado durante mucho tiempo para ese momento. Desde los 9 años estudiaba italiano porque en casa no se hablaba demasiado. Mi papá usaba el dialecto con mi abuela, que era una mujer muy sencilla, de campo”, cuenta.
También durante la adolescencia, en 1975, comenzó a estudiar en la Escuela Municipal de Arte Dramático de Avellaneda.
Era un período especialmente complejo. Un año más tarde, el golpe de Estado del 24 de marzo daría inicio a la dictadura más sangrienta de la historia argentina. Pero incluso antes del golpe ya actuaba la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), organización parapolicial responsable de secuestros, asesinatos y desapariciones.
En ese contexto, dedicarse al teatro o al arte despertaba sospechas.
“Aun así, mis padres siempre me dieron muchísima libertad. Nunca intentaron limitarme”, recuerda. Y agrega: “Ni siquiera sabría explicar por qué empecé a estudiar teatro”.
Sí conserva un recuerdo muy claro: una visita escolar al Teatro Roma de Avellaneda cuando tenía apenas nueve años. Salió de allí completamente fascinada.
El género con el que más se identifica es la comedia.
“Veía por televisión la serie de Lucy Bell y me parecía desopilante. Era una mujer hermosísima, una actriz extraordinaria, que no le tenía miedo al ridículo”, afirma.
Para muchas actrices, los papeles cómicos suelen estar rodeados de prejuicios y se consideran menos prestigiosos que los dramáticos. Odorico piensa exactamente lo contrario.
“Le doy muchísimo valor al sentido del humor. Desde chica adoraba las películas de Alberto Sordi –dice–. En eso, en mi casa estaba muy bien acompañada. Mi papá era un gran amante del cine, especialmente del italiano. Recuerdo mis cumpleaños de cuando era chica: armábamos una pantalla con un proyector y veíamos películas de Oliver Hardy o Charlie Chaplin en Super 8”.

Además de Una, actualmente también integra el elenco de La omisión de la familia Coleman, la emblemática obra sobre la crisis de una familia escrita y dirigida por Claudio Tolcachir, que desde 2010 se presenta en Timbre 4 (México 3554), también en Buenos Aires.
En televisión participó de las series El encargado, junto a Guillermo Francella, y Menem, protagonizada por Leonardo Sbaraglia.
En cine, sus trabajos más recientes incluyen el filme de terror La trenza, de Gonzalo Calzada, centrado en la historia de un niño con hemofilia, y Emi, de Ezequiel Erríquez Mena, una reflexión sobre la identidad y las raíces. La película sigue la historia de un joven criado con amor por una familia adoptiva que, aun así, siente la necesidad de reconstruir el vínculo con su familia biológica.
Entre clásicos reinventados, comedias de culto, cine y televisión, Miriam Odorico construyó una carrera alejada de las fórmulas comerciales, pero también de los circuitos cerrados y autorreferenciales. Ese equilibrio entre identidad artística y búsqueda permanente explica, en buena medida, por qué hoy es una de las intérpretes más admiradas de la escena porteña.