CHIETI – Durante meses los llamaron “la familia del bosque”, hasta que se descubrió que no vivían en ningún bosque, sino en una zona periférica de Palmoli, un pequeño municipio de la provincia de Chieti con apenas 800 habitantes.

Los Trevallion-Birmingham se hicieron conocidos en todo el mundo —sin buscarlo— por la compleja causa judicial que los involucra. Ahora esperan la decisión del Tribunal de L’Aquila, prevista para las próximas semanas, sobre la posibilidad de reunirse nuevamente con sus hijos.

Desde el 26 de noviembre pasado, cuando los tres chicos —una nena de ocho años y mellizos de seis, un varón y una mujer— fueron retirados de su hogar y trasladados a una institución, transcurrieron meses de dolor, entrevistas, esperas, angustia y esperanzas frustradas por un mecanismo burocrático que, según denuncian, terminó afectando los vínculos familiares y los sentimientos más profundos.

Mientras tanto, Catherine publicó el libro La mia verità (“Mi verdad”, editado por Solferino), donde expone su visión del mundo, su relación con la naturaleza y sus ideas sobre la familia, la comunidad, la escuela y la crianza. Algunas de esas convicciones estuvieron en el centro de las decisiones que derivaron en la separación de los niños y alimentaron un intenso debate sobre los límites de la intervención estatal frente a padres que ejercen su derecho y deber de educar con criterios poco convencionales, aunque sin denuncias de abuso ni violencia.

En el libro recuerda también su infancia en Melbourne y la cercanía con la comunidad italiana de la ciudad australiana, recuerdos que aceptó compartir con Il Globo.

“Los italianos siempre fueron para mí un maravilloso ejemplo de expresividad, autenticidad, buena comida y valor de la familia —cuenta— . Los mejores amigos míos y de mi hermana eran hijos de inmigrantes italianos de primera generación. Nos encantaba ir a sus casas porque el ambiente estaba siempre lleno de calidez y alegría”.

La experiencia le resulta familiar. “Mi historia es muy parecida. Soy hija de padres malteses de primera generación y sentíamos la cultura italiana como algo cercano, porque compartíamos raíces mediterráneas. Me impresionaba ver cómo los padres de nuestros amigos mantenían un vínculo tan fuerte con su origen y con su lengua, llevando Italia a sus hogares y a la vida cotidiana”.

El libro publicado por Catherine.

Sus recuerdos vuelven con cariño a Lygon Street, la conocida “Little Italy” de Melbourne, a la gastronomía, al humor ítalo-australiano y a la fuerza con la que esa colectividad preservaba su identidad.

En el libro menciona además a una amiga muy especial. “Se llama Deanna Amato y aceptó con mucho gusto ser mencionada en esta entrevista porque siente un profundo vínculo con la comunidad italiana de Melbourne —explica Catherine—. Creo que ese mismo espíritu está presente en nuestra amistad. Las dos crecimos en familias originarias del sur de Europa, donde los lazos familiares, la comida y las emociones ocupaban un lugar central”.

A pesar de la distancia geográfica, ambas mantuvieron el contacto durante años, acompañándose en sus respectivas trayectorias. “Espero que siga siendo así hasta el final de nuestras vidas. Es una relación basada en valores, convicciones y sueños compartidos: criar a nuestros hijos y a nuestras familias de acuerdo con un modelo inspirado en la naturaleza, la alimentación saludable, el amor, la salud y el deseo de construir una sociedad mejor para las nuevas generaciones”, afirma.

La decisión de Catherine y Nathan de instalarse en Italia y criar allí a sus hijos estuvo influida, inevitablemente, por el contacto con la colectividad italiana en Australia. Pero hubo otros factores. “Visité Italia tres veces cuando vivía en Europa siendo joven, y cada vez confirmé cuánto me gustaban las personas y la importancia que se le da a la familia. Amo especialmente Abruzzo, que sigue siendo una joya en gran medida preservada de la destrucción y de la mentalidad del mundo moderno”, relata.

Palmoli y Melbourne parecen dos universos completamente distintos. Sin embargo, en esas colinas de Abruzzo, Catherine encontró una pequeña comunidad cosmopolita más cercana al espíritu multicultural australiano de lo que podría suponerse.

“En Palmoli y en los pueblos vecinos viven muchas personas de otros países que, como nosotros, buscaban un lugar donde criar a sus hijos lejos de las toxinas y del ritmo frenético del mundo moderno. El espíritu multicultural es muy importante para mí y siempre estaré agradecida a Melbourne por haber sabido promoverlo y valorarlo”.

Una de las observaciones atribuidas a los servicios sociales sobre la familia Trevallion-Birmingham, difundida por distintos medios, hacía referencia precisamente a un supuesto aislamiento social, una acusación que la pareja siempre rechazó.

“En Palmoli tenemos una relación muy cercana con nuestros dos vecinos y sus familias, además de nuestro querido amigo Ferdinando, que tiene 93 años y es una fuente extraordinaria de conocimientos y experiencias vinculadas a la vida rural —afirma—. Italia tuvo durante mucho tiempo una de las expectativas de vida más altas del mundo, y eso se debía al estilo de vida de las personas, a su conexión con los animales y con la naturaleza. Todo eso se refleja en una generación de enorme fortaleza física y mental que, lamentablemente, está desapareciendo demasiado rápido”.

Después de más de seis meses alejados de sus hijos y enfrentando una situación que aseguran no comprender completamente, surge una pregunta inevitable: ¿se arrepienten de haberse mudado a Palmoli?

“No creo que los arrepentimientos aporten nada más que sufrimiento —responde Catherine, fiel a la filosofía que expresa en su libro— . Mis viajes y mis experiencias me enseñaron a aprender, crecer, ampliar mi conciencia y tomar decisiones diferentes para construir un futuro distinto. Descubrí que ningún país está libre de problemas: en todas partes hay aspectos positivos y negativos. Lamentablemente, las dificultades que estamos atravesando hoy afectan también a muchas otras familias en distintas partes del mundo”.

La entrevista concluye con palabras de agradecimiento hacia el país que eligieron para vivir. “Italia nos dio algo que sigue emocionándonos hasta las lágrimas todos los días —confiesa—. Recibimos una extraordinaria ola de afecto y apoyo desde todo el país y desde las comunidades italianas en el exterior. Nos llegaron cartas, oraciones, regalos, telegramas, postales, correos electrónicos, llamadas telefónicas e incluso visitas de personas de todas las edades, creencias y procedencias. El corazón de los italianos habló y creo que justamente desde Italia, el país que elegimos como hogar, puede surgir una revolución basada en el amor por la familia y en la unidad, capaz de expandirse al resto del mundo”.