BUENOS AIRES — Che Dio perdona a tutti, la película de Pif que ya formó parte de la Semana del Cine Italiano de 2026, vuelve a la Argentina de la mano de Zeta Films a partir de mañana, 22 de octubre. Se exhibirá en 20 salas de todo el país, en ciudades como Buenos Aires —en varios complejos—, La Plata, Rosario, Santa Fe, Córdoba y Bahía Blanca.

El estreno tuvo ayer una función especial en el Cinépolis Recoleta de la capital, seguida de una degustación de cannoli sicilianos de la emblemática pastelería Gino y de café Vergnano. “Muy a tono con la película, en la que la pastelería siciliana tiene un papel importante”, dice Carlos Zumbo, fundador y presidente de Zeta Films.

Hijo de calabreses que llegaron a la Argentina en 1948, Carlos creció hablando italiano en su casa y tiene familiares en distintas ciudades de Italia. “Una prima en Bolonia, que siempre me aloja unos días cuando tengo la oportunidad de viajar —cuenta—. Otros en Roma y una en Palermo, que además aparece como extra en una escena de la película de Pif”.

Zeta Films nació en 2000 y se especializa en cine europeo de autor, en particular italiano, francés y belga. “Nosotros trajimos a los hermanos Dardenne a la Argentina —dice Zumbo—. La primera película que distribuimos fue Preferisco il rumore del mare, de Mimmo Calopresti”. Una coincidencia: el protagonista, interpretado por Silvio Orlando, es un calabrés que emigró, aunque en su caso a Turín.

“Nuestro mayor éxito fue, sin dudas, La gran belleza, de Paolo Sorrentino, ganadora del Oscar en 2014”, recuerda Zumbo.

Este año, la distribuidora estrenó Gioia mia, ópera prima de la directora siciliana Margherita Spampinato, y en 2025, Vermiglio, de Maura Delpero, una realizadora italiana que vivió muchos años en la Argentina. Esta última ganó el León de Plata en Venecia y siete premios David di Donatello.

“Tenemos buenas expectativas con la película de Pif porque gustó mucho en la Semana del Cine Italiano —dice Zumbo—. Hay dos elementos a favor. Por un lado, el atractivo de la gastronomía, en particular de la riquísima pastelería siciliana. Por otro, la presencia del personaje del papa, que, aunque nunca se lo diga de manera explícita, es Francisco”.

El afiche de la película para la Argentina.

El propio director contó que la idea de la novela homónima, publicada por Feltrinelli y en la que se basa la película, surgió después de participar de una audiencia con Bergoglio.

“Hoy el trabajo de un distribuidor en la Argentina es particularmente difícil por el contexto —observa Zumbo—. Años atrás, cuando la gente todavía leía los diarios en papel, los jueves iba a la sección de espectáculos para enterarse de los estrenos. Ahora hay mucha información y se multiplicaron los canales, pero está fragmentada, dispersa, sin una organización sistemática. Y el consumo desde el celular no ayuda. Además, buena parte de las versiones digitales de los diarios son pagas”.

En la Argentina, además, el cine europeo queda atrapado entre el poderío de las producciones estadounidenses en los complejos multisala y el circuito de Espacios INCAA, reservado a las películas nacionales. “Basta pensar que hace unos años cerró el ArteMultiplex de Belgrano, en Buenos Aires, especializado en cine europeo de autor —agrega—. No queda mucho espacio”.

Los festivales ayudan a dar a conocer las novedades y a despertar interés y curiosidad. Así, quienes no pueden asistir a las dos o tres funciones durante el evento tienen la posibilidad de ver la película con más tranquilidad un tiempo después. A su vez, iniciativas como las degustaciones contribuyen a formar una comunidad de cinéfilos y a atraer a influencers.

La pandemia marcó un quiebre. “Antes de 2020 podíamos contar con un piso de entre 15.000 y 20.000 espectadores por película, con un pico de 100.000 para La gran belleza —señala—. Ahora rondamos los 12.000, por ejemplo, en el caso de Vermiglio. Y hubo muchas oportunidades desaprovechadas, como Ennio, de Giuseppe Tornatore, de 2021, el documental sobre el maestro Morricone, que no superó los 5.000 espectadores y merecía el triple”.

¿Las plataformas son una ayuda o un obstáculo? “En nuestro caso no nos sirven, porque compran para toda América Latina y nosotros no tenemos los derechos para toda la región —afirma Zumbo—. Entonces recurren a otros. Ahora hicimos un acuerdo con Flow por Gioia mia, pero es un caso puntual”.

Lo cierto es que el cine perdió su dimensión de ritual colectivo. ¿Qué queda de esa liturgia hecha de preparativos, búsqueda y, finalmente, una función compartida que permite emocionarse junto a otros?

La pasión de quienes lo hacen y de quienes lo ven, sin renunciar a la emoción de las luces que se apagan, de la música y de las ganas de seguir sentados después del final. Para disfrutar de los créditos hasta el nombre del último electricista del rodaje.

Es precisamente ahí donde el cine conserva algo irreemplazable: en la posibilidad de compartir una historia, una risa o una emoción con perfectos desconocidos, sentados a oscuras en la misma sala. Cuando todos contienen la respiración ante una misma escena o cuando, de reojo, ves que la persona de al lado busca un pañuelo para secarse una lágrima.

Una experiencia que ninguna plataforma puede reproducir por completo. Y que todavía vale la pena defender, como hace Carlos Zumbo con su Zeta Films, una entrada a la vez.

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