MONTEVIDEO – ¿Es posible pensar la pintura uruguaya sin la influencia de Italia? Más allá de los históricos vínculos culturales entre ambos países, existe un legado artístico que va mucho más allá de la transmisión de técnicas. Desde el Renacimiento hasta las vanguardias del siglo XX, los lenguajes visuales nacidos en la península encontraron en el Río de la Plata un nuevo espacio para desarrollarse y contribuyeron a moldear la identidad artística del Uruguay.
Ese fue el eje de la conferencia “La influencia italiana en la pintura uruguaya”, dictada en el Instituto Italiano de Cultura por el doctor Didier Calvar, profesor de Historia del Arte del Instituto de Ciencias Históricas de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República (Udelar). Durante el encuentro, el especialista analizó cómo las tradiciones artísticas italianas marcaron el desarrollo de la pintura uruguaya desde fines del siglo XIX y durante buena parte del siglo XX, en un intercambio permanente entre ambas orillas del Atlántico.
Calvar comenzó su exposición repasando la proyección internacional del arte italiano y conceptos como la hibridación cultural y la monumentalidad heredada de Roma. Recordó que, desde la Antigüedad, obras emblemáticas como la Loba Capitolina —resultado, a su vez, de distintas etapas de elaboración y restauración a lo largo de la historia— muestran cómo el arte fue utilizado como herramienta de legitimación del poder y de innovación técnica.
También destacó el legado de la ingeniería romana, desde los enormes hipódromos capaces de albergar hasta 250.000 espectadores hasta la red de caminos que aún hoy sirve de base para muchas autopistas europeas, como ejemplo de una tradición que fijó nuevos estándares estéticos y constructivos.
El recorrido histórico continuó con la Edad Media, cuando los maestros lombardos difundieron por Europa técnicas arquitectónicas y decorativas, entre ellas los arquillos ciegos, y con el Renacimiento, período en el que el artista dejó de ser considerado un simple artesano para convertirse en un intelectual. Ese cambio estuvo acompañado por el surgimiento de las primeras academias, como la de Florencia impulsada por Cosme de Médici.
Otro de los grandes aportes italianos fue el desarrollo de la perspectiva. Desde los estudios de Filippo Brunelleschi y Leon Battista Alberti hasta las innovaciones de Masaccio, Andrea Mantegna y Leonardo da Vinci —con la perspectiva aérea y el sfumato—, Italia construyó un lenguaje visual que transformó la representación del espacio.
Más adelante, el Barroco llevó esa evolución hacia una utilización teatral de la luz y del contraste. El tenebrismo de Caravaggio y las pinturas ilusionistas en bóvedas y techos se convirtieron en herramientas de fuerte impacto emocional y de persuasión. Ese extraordinario patrimonio artístico hizo que, durante el siglo XVIII, Italia se consolidara como una escala obligada del Grand Tour, el viaje de formación que realizaban los jóvenes europeos, fortaleciendo así los futuros vínculos culturales con América.
Según explicó Calvar, esa tradición tuvo una influencia decisiva en la construcción de la identidad visual uruguaya. Una de las principales vías fueron los pintores italianos que cruzaron el Atlántico y llevaron al Río de la Plata los modelos estéticos europeos, adaptándolos a los paisajes, la vida rural y el mundo urbano local. Muchos de ellos terminaron radicándose en Uruguay, donde abrieron talleres y escuelas de arte en Montevideo.
El proceso también se dio en sentido inverso. Gracias a becas otorgadas por el Estado uruguayo, numerosos artistas viajaron a Italia para completar su formación junto a maestros europeos y regresar luego con nuevos conocimientos.
Uno de los casos más representativos es el de Juan Manuel Blanes (1830-1901). Becado para estudiar en Florencia, se formó con Antonio Ciseri, de quien incorporó el rigor del dibujo académico y el dominio de la perspectiva característicos de la tradición toscana. Más tarde trasladó esos recursos a la construcción de la iconografía nacional uruguaya mediante retratos, paisajes y grandes escenas históricas.
Otro ejemplo destacado es Pedro Figari (1861-1938). Aunque es reconocido por su estilo posimpresionista y por haber retratado la cultura afro-uruguaya y tradiciones populares como el candombe, mantuvo un profundo vínculo intelectual con Italia. Durante sus viajes por Europa estudió los sistemas educativos y artísticos, y tomó como referencia el ideal renacentista del artista-artesano.
Figari nunca separó el arte de su función social. Esa visión fue clave para la creación de la Escuela de Artes y Oficios de Montevideo y también se reflejó en una sensibilidad cromática que, aun siendo plenamente moderna, dialogaba con la tradición italiana del color y la luz conocida durante sus estancias en Europa.
Con la llegada del siglo XX, Italia también se convirtió en un foco de renovación estética. El futurismo, con su exaltación de la velocidad y la modernidad, y la pintura metafísica de Giorgio de Chirico, con sus atmósferas suspendidas y espacios geométricos, ofrecieron nuevas herramientas conceptuales a los artistas uruguayos.
Según Calvar, esas corrientes no fueron imitadas de manera literal. Por el contrario, sirvieron como punto de partida para romper con el academicismo del siglo XIX e incorporar nuevas formas de representación y reflexión artística dentro de la pintura rioplatense.
La influencia italiana tampoco terminó con los viajes de estudio. Con el correr de las décadas, varios artistas nacidos en Italia eligieron radicarse en Uruguay y enriquecieron la escena cultural local. Entre ellos figura Lino Dinetto, quien residió en Montevideo durante los años cincuenta y dejó una importante huella tanto en el arte sacro como en la enseñanza, además del aporte de escultores y pintores vinculados al modernismo italiano.
Como conclusión, Calvar sostuvo que la pintura uruguaya no se limitó a adoptar modelos italianos, sino que los reinterpretó y resignificó. Las técnicas, la organización del espacio y el tratamiento del color provenientes de Italia se integraron con la sensibilidad local para dar origen a un lenguaje visual propio, capaz de expresar la identidad cultural del Uruguay.