Para millones de personas, un Mundial es la celebración más grande del fútbol. Para Awer Mabil, además, es el recordatorio de un viaje extraordinario que comenzó muy lejos de los grandes estadios, de las luces y de los aplausos.

A sus 30 años, el futbolista australiano vuelve a disputar una Copa del Mundo llevando consigo una historia marcada por la guerra, el exilio, la esperanza y la gratitud. Una historia que comenzó en Kakuma, uno de los campos de refugiados más grandes del mundo, ubicado en el norte de Kenia.

Mabil nació allí en septiembre de 1995, en plena crisis provocada por la guerra civil sudanesa. Miles de familias habían abandonado sus hogares para escapar de la violencia y buscar refugio en un lugar donde la supervivencia era el objetivo de cada día. Entre ellas estaba la suya.

La infancia del actual jugador del Castellón español estuvo lejos de cualquier comodidad. La familia vivía en una pequeña choza de barro y dependía de la ayuda humanitaria para alimentarse.

“Mi madre, mis tres hermanos y yo vivíamos en una choza de barro muy pequeña. Cada persona tenía derecho a una caja por mes con un kilo de arroz, un kilo de frijoles y aceite. Comíamos una sola vez al día, por la noche”, recordó años después.

En aquel contexto, el fútbol se convirtió en un refugio emocional. No había canchas perfectas ni equipamiento deportivo. Awer jugaba descalzo sobre terrenos de tierra y piedras, utilizando pelotas improvisadas hechas con medias o bolsas de plástico.

Aquellos partidos representaban mucho más que un entretenimiento. Eran una forma de escapar, aunque fuera por un rato, de una realidad marcada por las privaciones y la incertidumbre.

“No sabía lo que era desayunar o almorzar. En un campo de refugiados no podés abrir la mente y soñar; estás limitado a un espacio reducido y dependés de Naciones Unidas”, contó en una entrevista al medio portugués Mais Futebol.

La vida de la familia cambió radicalmente en 2006. Gracias a un programa humanitario, obtuvieron asilo en Australia y se instalaron en Adelaida. Para el pequeño Awer comenzaba una nueva etapa llena de oportunidades, pero también de desafíos.

No hablaba inglés, desconocía las costumbres locales y debía adaptarse a un entorno completamente diferente. Una vez más, el fútbol fue su salvación.

El deporte le permitió integrarse, hacer amigos y sentirse parte de una comunidad. Su talento llamó rápidamente la atención y fue invitado a realizar pruebas en el Instituto Deportivo de Australia Meridional.

A los 16 años firmó su primer contrato profesional con Adelaide United y poco después debutó en la máxima categoría australiana. Desde allí comenzó una carrera que lo llevaría a Europa, donde jugó en Dinamarca, Portugal, República Checa, España y Turquía.

Uno de los momentos más destacados llegó con el Midtjylland danés, club con el que conquistó títulos y disputó la Champions League, consolidándose como uno de los futbolistas australianos más importantes de su generación.

La selección nacional también le regaló capítulos inolvidables. Mabil debutó con los Socceroos en 2018 y se convirtió en una pieza habitual del equipo. Sin embargo, el instante que lo inmortalizó llegó en 2022, cuando convirtió el penal decisivo frente a Perú que clasificó a Australia al Mundial de Qatar.

Tras aquella noche, pronunció una frase que emocionó a todo el país. “Fue la única manera de agradecerle a Australia en nombre de mi familia”.

No era una simple declaración. Era el reconocimiento de alguien que encontró una segunda oportunidad cuando más la necesitaba.

“Juego por Australia porque les dio a mi familia y a mí una segunda oportunidad en la vida. Es mi casa y siento un gran orgullo al defender sus colores”, afirmó en otra ocasión.

Pero la historia de Mabil no termina en el fútbol. Junto a su hermano creó la fundación Barefoot to Boots, una organización dedicada a mejorar las condiciones de vida de refugiados y comunidades vulnerables. A través de ella llevan computadoras, material sanitario, camisetas, botines y equipamiento deportivo a Kakuma y otras regiones necesitadas de África.

La labor social de los hermanos ha sido reconocida en todo el país. En 2023, Awer Mabil recibió la distinción de Joven Australiano del Año, un premio que celebra su compromiso dentro y fuera de las canchas.

Hoy, mientras vuelve a vestir la camiseta australiana en el Mundial 2026, su historia trasciende cualquier resultado. Porque detrás de cada partido sigue estando aquel niño que corría descalzo por las calles polvorientas de Kakuma soñando con un futuro mejor.

Y porque su presencia en el mayor escenario del fútbol mundial demuestra que incluso los sueños más improbables pueden hacerse realidad.